Querer experimentar Tu esencia en terrible pureza me acecha. Relatos píos que aspiran, gloriosos pero infértiles, a darnos una idea de Tu numinosidad, no bastan; quedándose cortos desesperan al centro de mi alma en confusión.

¡Insatisfecho mortalmente me encuentro cuando describen Tu terrible rostro con fuegos, rayos, centellas que arrebatan la vida! Tu ira y Tu magnificencia, imaginadas como un volcán que no se apaga y que consume el Todo, ofenden el sentimiento que albergo de Ti en el alma. ¡Pero su callarse igualmente me hace desesperar! Aquí me tienes, torturado por no poder morir en Tu presencia, por no ver Tu Rostro, por aspirar a deshacerme consumido por tu cólera. ¡Que todos esos iluminados se callen de una vez por todas! ¿Quién pensó -he ahí la insignificancia del pensamiento para tu esencia- en decir que eres intelecto puro? ¡Imbécil!

¡Inaprehensible, inefable como es, mi desesperación por verte acaso sea lo más cercano a estar ante Tu terrible presencia! ¡Odioso, como es, Tú esconderte es lo más cercano a vivirte! Por eso también te llaman Hermes. Yo lo sé, pues el único fin de esta vida mortal es ver Tu Rostro, ¿he ansiado realmente algo más? ¡Ay! Tú, ese Dios que no es ninguno, ese Dios que se revela en todos ellos, ese Dios que huye de lo que puede el humano; “no el que me enseñaron”, sino Tú, el Verdadero, Dios vivo; ese Dios que, por momentos, creo que desea hacer creer que Él mismo no existe.

Hemos interpretado la sentencia de Job: “El Señor dió y el Señor quitó; bendito sea el nombre del Señor” pero olvidamos lo que la antecede: la afirmación de que “Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré allá”.

No habla, pues, Job de su madre biológica, pues nadie vuelve al vientre al morir. Pero, por ejemplo, volvemos a la Tierra, pues “polvo eres…”, madre de vida y vientre que nos acoge en la muerte: del mismo vientre nacidos, al mismo vientre regresamos. Sin embargo, Job no es tan superficial como para que ello sea el sentido de lo que ha dicho.

En cuanto Job es siervo perfecto de Dios, es hombre de fe al grado de santidad. La fe, madre de cuyo vientre ha nacido para su Dios y madre a cuyo vientre regresará en su muerte, vientre donde habita Dios.

Mas su regreso es desnudo. Desnudo salió. Suponemos que en la vida anda vestido. De algo se ha de despojar al morir. Sería simplista decir que se refiere al cuerpo.

[Pendiente. Mañana]

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Oración a la vida (Gebet an das Leben) Letra: Lou…:

En torno a una exclamación de Job.

Cuando es golpeado por el Satán, Job exclama: “El Señor dió, el Señor quitó. ¡Bendito sea el nombre del Señor!”.

Resulta extraño, sin embargo, que Job refiera primero a Dios y luego sólo al Nombre de Dios. De Dios dice las acciones; a Su Nombre dirige la alabanza. ¿Por qué no la dirige hacia Dios mismo?

Por demás, podríamos pensar que el Nombre de Dios se identifica con Dios. Eso sería cierto para el nombre real y oculto de Dios, mas este es inefable e ignoto a cualquiera. Hasta donde creemos entender lo que significa “YHWH”, “Yo soy el que soy” (sea “ser” aquí identidad o existencia), éste parece ser más una afirmación de la absoluta trascendencia de Dios, en la que no-dice Su Nombre sino que comunica que éste no es accesible; o podría ser una afirmación de su existencia como una existencia más real que la de Moisés -“Yo soy, tú no o apenas”-. Por ello, podemos decir que nadie conoce el Nombre, tal que Job no está alabando el Nombre real sino uno de los muchos “nombres” con que los judíos se referían a Dios (Sebaoth, Adonai, El; son más probabilidad “Hashem”, i.e. “El Nombre”).

De cierto, este pasaje comunica otra cosa. Job sólo conoce “nombres” de Dios y de uno de esos nombres dice “¡Qué sea bendito!”. Mas, ¿qué es ser bendito? “Bendito” es “Bien-dicho”. Bendecir es predicar el ser-bendito a lo predicado pero también realizar un acto del habla: cuando se dice “¡Bendito sea el nombre del Señor!” se bendice el “nombre” por el mismo acto, pero no a Dios porque, como lo sabe Job, el habla humana no puede afectar a Dios y porque a Dios no se puede agregar más “ser-bendito” pues Él es el Sumo Bendito. Carece de sentido decir “¡Bendito [sea] Dios!”, es una expresión que no logra nada: ni decir ni bendecir. Palabras ociosas, violación del segundo mandamiento de la Ley.

Mas, ¿no es Dios absolutamente trascendente y nada que se diga puede abarcarlo o alcanzarlo? Dios mismo no podría ser bendito porque nada se puede decir de Dios. En cambio, su “nombre” sí puede ser bendito -aunque no el Nombre-, porque su “nombre” no se identifica con él, no lo alcanza. Job, pues, bendice el “nombre” de Dios porque es lo más que puede la humana palabra.

Pero aún queda la pregunta central, que no puede ser captada sin esta desambiguación, ¿cuál es el sentido de bendecir el “nombre”?

A pesar de la trascendencia de Dios y de Su Nombre respecto al “nombre” y al hombre, debe haber alguna relación -¿de qué tipo?- entre el “nombre” y Dios y Su Nombre. Recordemos, por demás, que al Nombre de Dios se atribuían poderes mágicos. Luego, también el “nombre” debería participar en alguna medida de dicho poder. Esta hipótesis sobre relevancia si, de entre los muchos nombres de Dios, concedemos que Job refiere a “Hashem”, “El Nombre”. “Hashem” es lo más cercano a Su Nombre verdadero.

Acaso el bendecir el “nombre” sea un acto de humildad, acaso uno de apelación a la divinidad. Más probablemente: un acto que pretende actuar sobre el alma humana. Si hay una relación entre el “nombre”, “Hashem”, y el Nombre, entonces al actuar sobre el “nombre”, que yace entre los saberes del alma humana, puede atraerse sobre el alma algún beneficio divino. “¡Bendito sea el nombre del Señor!” es una exclamación propia de la teurgia.

La teurgia, para decirlo brevemente, es una actividad ritual que el hombre practica con el fin de hacer su alma lo más semejante posible a Dios, tal que sea apta para recibir su acción, acción que finalmente, por gracia, lo unirá totalmente a Él (Dios es acto puro, siempre actúa; el teurgo no obliga a actuar a Dios sino que se purifica para poder recibir la acción que siempre emana de Dios; por dicha acción Dios lo unirá místicamente a Él).

Si Dios es el Sumo Bendito y “Hashem” tiene una especial relación son Su Nombre verdadero, entonces decir “¡Bendito sea el nombre, “Hashem”, del Señor!”, es atraer sobre sí el ser-bendito, es un acto que hace al alma humana más semejante a Dios: acto teurgico. “Más semejante”, digo, porque no puede hacerlo totalmente semejante, dado que “Hashem” no es el Nombre verdadero sino algo humano, lo humano más cercano a Dios; además, algo humano que no creo el hombre sino que reveló Dios: Dios reveló el Hashem a Moisés pero no el Nombre.

Es, pues, entendible por qué Job, en el estado de sufrimiento en que estaba, bendijo el “nombre” del Señor, pues ansiaba ser lo más semejante a Dios para no ser conmovido por las desgracias que le causaba el Satán y no blasfemar; para desvincularse de la fatalidad que lo ligaba al mundo material -primer paso de la teurgia-. Job, un teurgo judío.

La teurgia, pues, tiene funciones anexas a la de la asemejarse a Dios: puede procurarnos una vida pura y virtuosa religiosa y éticamente y un manejo del sufrimiento. “El Señor dió, el Señor quitó. ¡Bendito sea el nombre del Señor!” es, por tanto, una exclamación central de la “Scientia crucis” teurgica, de la “Scientia crucis” que ansiosamente buscamos.

Mas habría que acceder a la esencia de lo que experimentaba Job para poder determinar el lugar de su acto en la “via crucis”.

Pues tú no abandonarás mi alma en el Sheol, ni permitirás a tu Santo ver la corrupción.
No sé a qué tentaciones puedo yo resistir y a cuáles no puedo, estando solamente mi esperanza en que eres fiel y no permitirás que seamos tentados más de lo que podemos soportar, antes con la tentación das también el éxito, para que podamos resistir.

Believing in God is feeling alone since, as A. Silesius said, the one who seeks God for being happy or in peace does not really want God, but himself.

And when you feel like that, you want someone to console you: you “need” somebody which can have mercy on you. Then come horrible remorse feelings which suggest coming back, as the prodigal son, to the ancient god, looking for his compasion. This must be resisted remembering this awful truth -until the point of loving it just because it is terrible-: seeking God it is not the seeking own happiness but experimenting sufferings, which are the road to God. Suffering, as a road to God, then, is not exclusive for Christians but common to everyone who searh for God, beacuse it comes from the soul itself, and everything have a soul. It is an a priori for re-ligation (though not the only one); then, it is a reliable path for developing of religious experience. (I am continually fascinated by this fact: the “rituals” of religion are revealed in the structure of the soul: a priori of correlation). Thus, a Scientia Crucis is just a instance of the universal mathesis of the relationship between the soul and God.

Now, this desperation primary state is not the mystical Dark night, but a state of the soul which can be described as a Desert. And the desert of the soul is, first, like feeling wilderness and the experience of “There are no sense”. Second, it is realizing that there are something savage in the desert which “talk” to the soul by a growl. Third, it is meeting with the multiplicity of beings which were behind that one heard growl and furthermore realize that those beings are nothing but demons.

But, I wonder: Where we can find a symbol of suffering between the classical gods? Mythology is not enough for this: experiences of personal contact with the gods themselves are necessary for our purposes. Just this way we get to understand why is Hermes the Philandre -just like Jesus or the Bodhisattvas-: he loves human beings because he knows how they feel; and this is why it is necessary something like, I repeat like, the incarnation for completely developing empathy phenomenons between humans and gods satisfactorily -in the way they are described by Edith Stein-.

brucesterling:

"Hapless Locals Commonly Forced to Talk to Americans"

brucesterling:

"Hapless Locals Commonly Forced to Talk to Americans"

El día 26 de junio se conmemoró la muerte del emperador neoplatónico, del santo del paganismo, del sublime Juliano II, el Apóstata:

"Insomne, vio, en medio de las penumbras de la noche anterior a la batalla, al daímon protector del Imperio salir de su tienda de guerra con la cabeza y la cornucopia cubiertas por un velo luctuoso, tal como lo vio posarse a su lado, en sueños, cuando fue nombrado Augusto del Imperio. Lo supo entonces, había habido antes otros presagios. Así comenzó el fin de Juliano, mientras estaba en Seleucia del Tigris (hoy, Irak).

En campaña contra los persas, el vaticinado adalid del culto a los dioses y renovador de los antiguos misterios, Juliano al Apóstata, fue herido por una lanza que se insertó en su hígado –asiento del alma-, ¡lanza traicionera de un cristiano que yacía entre las filas del ejército de Juliano; a lanza asesinado su dios, a lanza, asesinos de dioses!

En agonía, en su tienda, rodeado de los sabios de su consejo, el emperador y filósofo neoplatónico, tal como Sócrates, conversaba con ellos acerca de la nobleza del alma, abrazando la disposición de los dioses, e intentaba consolarlos: “Es estúpido lamentarse por un príncipe reclamado por el cielo y las estrellas”*, fueron sus últimas palabras. Así, el 26 de junio del año 363, pidió agua helada del Tigris y al beberla, entregando su imperial y divina alma al Alma del Mundo, tal como Plotino lo hiciera, exhaló.

Así, «Se apoderó de él la muerte purpúrea y el destino supremo», como él mismo profetizó, citando a Homero (Il. V, 83), al ser nombrado Augusto del Imperio**.

+”Juliano el Apóstata”. Mármol de Naxos, 361-400 d.C. Musée de Cluny, Paris.

*Amiano Marcelino, Historia, XV.3.22; ** Idem, XV.8.17.”

¡Qué diga mi alma, con el augusto Juliano, ἔλλαβε πορφύρεος θάνατος καὶ μοῖρα κραταιή*!

* Se apoderó de él la muerte purpúrea y el destino supremo.